Israel, el alma de Europa

14/Dic/2015

Radio Jai

Israel, el alma de Europa

A veces se dice que Israel es la frontera de
Occidente, entendiendo por Occidente (me figuro) las democracias liberales. No
resulta difícil comprender por qué se dice esto de la frontera. El Estado de
Israel es de las pocas democracias de Oriente Medio, uno de los muy escasos
países de la zona en los que rigen el pluralismo, la tolerancia, los derechos
humanos. Israel desempeñaría por tanto un papel de contención frente a los
enemigos de las formas liberales y democráticas que constituyen nuestro estilo
de vida, la política en el sentido más profundo de la palabra.
Todo esto es cierto, pero en este sentido
también son frontera Turquía, varios países del este de la Unión Europea y,
forzando un poco –pero no mucho– las cosas, todos los del sur mediterráneo,
incluyendo España.
Por eso es importante insistir en que Israel
es y representa algo más singular. Más que la frontera, Israel es la esencia,
el alma de Occidente, y más en concreto el alma de Europa.
Está claro que en el hecho cultural y político
(también social y económico) que llamamos Europa existen muchas otras
realidades, en particular el cristianismo y el islam. Ahora bien, lo propio de
Israel consiste en algo que no es del orden cultural, ni político, ni económico
ni social. Lo propio de Israel, aquello que le proporciona su naturaleza única,
es la revelación y la alianza con el Señor, con Dios. Israel es por lo esencial
el pueblo que el Señor eligió para manifestarse en el mundo, entre todas las
naciones, cuando las naciones se definían por las divinidades a las que rendían
culto.
También en este caso hay muchas realidades, y
muy valiosas, en Israel. Sin embargo, la esencia de Israel es esa específica
relación con Dios, a lo que todo lo demás está supeditado. El cristianismo y el
islam desbordan esta relación absorbente, que relega a lo trivial cualquier
cuestión de identidad cultural y que Israel no puede perder a menos de perderse
a sí mismo. Incluso cuando Dios está ausente, es ella la que da sentido a la
vida, a la vida completa.
Así que también en Europa lo que Israel
significa es la presencia de Dios en el mundo. Es eso lo que hace de Israel el
alma irrenunciable de Europa, en particular después del Holocausto, que puede
ser comprendido como el intento (uno de ellos) de borrar a Dios de la faz de la
Tierra –entiéndase de Europa–. Desde entonces, el carácter sagrado del pueblo
de Israel –o de su idea, si se prefiere– es un desafío al sentido de
responsabilidad de los europeos: la piedra angular de la vida moral y
civilizada en las democracias liberales.
No hace falta decir que otras grandes religiones
también forman parte de la identidad occidental. A diferencia del cristianismo,
sin embargo, el judaísmo, aunque sea una dimensión interna de lo europeo, no
forma parte de la urdimbre misma de la que están (o estaban) hechas las
naciones europeas. Y a diferencia del islam, que ya es parte de Europa y de las
naciones europeas al mismo título que las otras dos religiones del Libro, el
judaísmo no plantea, por razones históricas, otras de convivencia larga y otras
relacionadas con la naturaleza misma de Israel, un desafío en cuanto a la
presencia de la religión en la sociedad.
Como las democracias liberales, en particular
las europeas, van a tener que revisar el concepto de secularización y van a
tener que esforzarse por elaborar una nueva actitud ante la realidad del hecho
religioso, Israel cobra una actualidad nueva. No todo el judaísmo le dará la
bienvenida, porque lo devuelve al centro de la escena política y hace de él,
inevitablemente, el objeto de nuevos análisis, de nuevas reflexiones e, inevitablemente,
de nuevos debates.
Ante la nueva actualidad que la religión está
cobrando en la vida política (no en la vida del Estado, ni en la partidista,
sino en la política en el sentido más profundo de convivencia de la comunidad),
habrá que reaprender muchas cosas y aprender otras nuevas. Israel, que no puede
olvidar su naturaleza religiosa pero que no por eso ha dejado de protagonizar
la modernidad más exigente y más dinámica, nos da otra vez alguna herramienta
para adentrarnos en un campo inédito, en el que todo está por inventar.
«Desde la ‘Shoá’, el carácter sagrado del
pueblo de Israel –o de su idea, si se prefiere– es un desafío al sentido de
responsabilidad de los europeos: la piedra angular de la vida moral y
civilizada en las democracias liberales».